Saltar navegador principal
PÁGINAS LOCALES DE MÉXICO | LIAHONA OCTUBRE 2018

La obra del templo fortalece nuestro amor

Élder Virgilio González
Élder Virgilio González, Setenta de Área.

Durante toda mi infancia tuve el privilegio de jugar, reír y correr en compañía de mis primos, por quienes siento un amor profundo; sin embargo, al crecer, y con el paso de los años, cada quien hizo su vida y dejamos de vernos. Un día, mientras trabajaba, recibí una llamada telefónica en la que me informaban que una de mis primas estaba sufriendo a causa del cáncer que había invadido sus pulmones. Al escuchar esta noticia decidí viajar los ochocientos kilómetros que nos separaban para visitarla y mostrarle mi amor.

Cuando nos encontramos, después de diez años, conocí a sus hijos: una hermosa niña de diez años, un niño de seis y otro pequeño de solo un año de edad. Me conmovió el gran valor con el que ella luchaba todos los días por sobrevivir a la enfermedad para cumplir con sus responsabilidades como madre. 

Le expliqué que yo era miembro de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, Iglesia a la cual me había unido recientemente, y le pedí que me permitiera bendecirla pues me había sido conferido el sacerdocio de Dios para ayudar y bendecir a Sus hijos. A pesar de que ella no era miembro de la Iglesia aceptó y con alegría recibió la bendición. Ese día lloramos juntos y compartimos hermosos momentos, luego volví a casa. Después de algún tiempo recibí nuevamente una llamada, en esa ocasión me informaron que mi amada prima había fallecido. 

Para mi familia era algo cotidiano trabajar en la historia familiar, con frecuencia asistíamos al templo para hacer la obra vicaria. Tiempo después de la muerte de mi prima, nos organizamos como familia para asistir al templo pues uno de mis sobrinos cumplía doce años e iría por primera vez a realizar bautismos vicarios. En esa ocasión se me asignó bautizar y tuve el privilegio de bajar a las aguas del bautisterio a mi sobrino a favor de mi bisabuelo, de algunos tíos y otros familiares.

Interior del Templo de Salt Lake

Cuando salió mi sobrino de las aguas bautismales, miré la pizarra donde aparecen los nombres por quienes se harán los bautismos y vi el nombre de mi prima que había fallecido. En ese momento el Espíritu tocó mi corazón, el recuerdo de los gratos momentos vividos en la infancia con mi prima llenaron mi mente; al levantar la mirada vi a una joven que descendía al bautisterio, físicamente era igual a mi prima, no pude contener el llanto al verla, era su hija. En su rostro vi el reflejo del rostro de su madre; con lágrimas en los ojos realicé la sagrada ordenanza. Ese día todos fuimos nutridos por el verdadero amor de la historia familiar. 

En nuestra familia durante mucho tiempo hemos recordado esa experiencia, pues fue extraordinaria y dejó una profunda huella en nuestros corazones. Lo que vivimos en esa ocasión me ha ayudado a sentir más amor por el templo y a convertirme, de manera simbólica, en un salvador en el monte de Sión. La obra de historia familiar verdaderamente es por nuestros muertos, por quienes conocimos y amamos o por quienes no conocimos y podemos aprender a amar. 

Les testifico que cuando trabajamos en la historia familiar esta nos llena de amor, nos engrandece y nos permite establecer lazos que nos unen como familias eternas a pesar del duro aguijón de la muerte.